COSCO FM

Farmear el aura… ¿y qué estamos perdiendo?

Cada generación ha tenido sus propias modas. Hubo quienes se identificaron con una banda de rock, con una forma de vestir, con un deporte, con un baile o con una determinada manera de hablar. Algunas modas desaparecieron rápidamente; otras terminaron convirtiéndose en parte de la cultura de toda una época. Pero detrás de todas ellas siempre hubo algo muy humano: la necesidad de pertenecer.

Hoy esa necesidad tiene un escenario completamente diferente: el teléfono celular. Está en TikTok, Instagram, Facebook, YouTube y en todas esas plataformas donde, en cuestión de segundos, podemos saber quién es popular, quién recibe atención, quién es admirado y quién parece quedarse fuera.

Entre las nuevas generaciones ha comenzado a popularizarse una expresión que quizá para muchos adultos resulte extraña: “farmear el aura”. El término viene del lenguaje de los videojuegos. “Farmear” significa acumular algo mediante acciones repetitivas. Ahora, sin embargo, lo que se busca acumular es “aura”: una especie de reconocimiento, presencia o prestigio que una persona proyecta frente a los demás.

Una actitud, una pose, una manera de vestir, una forma de hablar, una fotografía o un video pueden convertirse en parte de esa construcción.

Y hasta ahí podríamos decir: ¿qué tiene de malo?

Probablemente nada. Las generaciones jóvenes siempre han creado sus propios códigos y formas de expresarse. El problema aparece cuando dejamos de hablar de una simple moda y comenzamos a hablar de una necesidad permanente de aprobación.

Porque entonces surge una pregunta incómoda: ¿estamos construyendo una identidad o solamente una imagen?

La diferencia es enorme. Una identidad se construye con experiencias, conocimientos, valores, errores, lecturas, conversaciones y decisiones. Una imagen puede construirse en quince segundos.

El problema no es la tecnología

Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan expuestos a la comparación. Antes, un adolescente podía compararse con sus compañeros de escuela. Hoy puede compararse con miles de personas que ni siquiera conoce.

Con el cuerpo de alguien. Con la ropa de otro. Con el éxito de otro. Con la vida aparentemente perfecta de alguien que observa desde una pantalla.

Y mientras más observa, más puede sentir que necesita demostrar algo. Necesita llamar la atención, pertenecer, no quedarse atrás y, en términos de esta nueva jerga digital, “tener aura”.

Pero hay algo que estamos olvidando: no todo lo que genera atención genera valor.

Un video puede tener millones de reproducciones y no enseñarnos absolutamente nada. Una persona puede ser famosa y no necesariamente ser un ejemplo. Una tendencia puede ser viral esta semana y desaparecer la siguiente.

En cambio, aprender a tocar un instrumento puede tomar años. Leer un buen libro requiere tiempo. Aprender historia exige paciencia. Estudiar una profesión requiere disciplina. Crear una obra de arte necesita práctica.

Y ninguna de esas cosas garantiza miles de “likes”.

Pero todas construyen algo mucho más importante: construyen a la persona.

Cuando la imagen empieza a sustituir a la identidad

El filósofo Byung-Chul Han ha reflexionado sobre una sociedad cada vez más marcada por la exposición, el rendimiento y la necesidad de mostrarnos. Basta observar nuestras redes sociales para encontrar un reflejo de ello.

Ya no parece suficiente vivir una experiencia: tenemos que fotografiarla. Ya no basta con aprender algo: queremos demostrar que lo sabemos. Ya no basta con hacer algo: queremos que los demás sepan que lo hicimos.

La vida comienza a convertirse en un escaparate.

Y quizá el problema no sea que nuestros jóvenes quieran ser vistos. El problema aparece cuando llegamos a enseñarles, sin darnos cuenta, que solamente aquello que es visto tiene valor.

Neil Postman, en su libro Divertirse hasta morir, advertía sobre una sociedad en la que el entretenimiento podía terminar desplazando la reflexión. Décadas después, Nicholas Carr también ha cuestionado cómo el entorno digital puede modificar nuestros hábitos de atención y concentración.

Sus reflexiones pertenecen a contextos distintos, pero hoy adquieren una enorme vigencia.

Porque tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior, pero tener más información no significa necesariamente tener más conocimiento.

Podemos conocer la última tendencia de Internet y desconocer nuestra propia historia. Podemos pasar horas consumiendo videos y no encontrar diez minutos para leer. Podemos saber qué hizo un influencer hace cinco minutos y no saber quién fue Miguel de Cervantes.

Y eso debería hacernos pensar.

No es culpa de los jóvenes

Aquí también debemos ser justos.

Sería demasiado fácil señalar a los jóvenes y decir que “ya no leen”, que “todo lo quieren fácil” o que “todo lo copian de Internet”.

Los adultos también somos parte de este fenómeno.

Nosotros también revisamos el teléfono constantemente. Nosotros también compartimos información sin leerla. Nosotros también buscamos aprobación. Nosotros también hemos permitido que los algoritmos decidan qué vemos, qué escuchamos y hasta qué cosas nos indignan.

Entonces quizá la pregunta no debería ser “¿qué les está pasando a los jóvenes?”

Tal vez deberíamos preguntarnos: “¿qué estamos construyendo entre todos?”

¿Hasta dónde debemos tolerarlo?

Aquí está una de las cuestiones más interesantes.

No se trata de prohibir las redes sociales. Tampoco de burlarnos de las expresiones de las nuevas generaciones ni de decir que todo tiempo pasado fue mejor.

Bailar no es un problema.

Hacer videos no es un problema.

Seguir una tendencia tampoco.

El problema aparece cuando seguir al grupo sustituye la capacidad de cuestionarlo.

Cuando hacemos algo simplemente porque todos lo hacen. Cuando el miedo a ser excluido pesa más que nuestra propia personalidad. Cuando necesitamos la aprobación de los demás para sentir que tenemos valor.

Ahí sí debemos detenernos.

Porque una sociedad necesita personas capaces de decir: “Todos están haciendo esto, pero yo no estoy convencido”.

Necesita jóvenes capaces de investigar, leer, crear, equivocarse, cambiar de opinión y escuchar una idea diferente sin sentir que eso representa una amenaza.

Eso es pensamiento crítico.

Y quizá sea una de las habilidades que más necesitamos recuperar en esta era digital.

No se trata de decirle a una generación qué pensar.

Se trata de enseñarle a pensar.

La verdadera batalla es por nuestra atención

Tal vez la discusión no debería ser contra TikTok, Instagram o cualquier otra red social. La verdadera batalla es por nuestra atención.

Por nuestra capacidad de concentrarnos. Por nuestra curiosidad. Por nuestras ganas de aprender. Por la lectura, la música, el arte, la cultura y la conversación.

Por todo aquello que no necesariamente produce resultados inmediatos, pero que lentamente construye una persona.

Porque hemos comenzado a medir el valor de muchas cosas por su capacidad para generar atención.

Y aquí está la paradoja: el algoritmo premia aquello que consigue detenernos unos segundos; la vida, en cambio, premia aquello a lo que somos capaces de dedicar años.

Un título universitario, un oficio, una profesión, un instrumento musical, una amistad, una familia, una obra o una vocación no se construyen en quince segundos.

Se construyen con tiempo.

Con disciplina.

Con paciencia.

Y probablemente ninguna de esas cosas genere “aura”.

Pero generan algo mucho más importante:

carácter.

Entonces, ¿qué estamos construyendo?

Quizá no deberíamos preguntarnos si está bien o mal “farmear el aura”. Las modas vienen y van.

La verdadera pregunta es otra:

¿Qué estamos construyendo mientras intentamos que los demás nos miren?

Porque el aura puede desaparecer cuando cambia la tendencia. Los seguidores pueden irse. El algoritmo puede cambiar. La moda puede morir.

Pero aquello que aprendimos, aquello que creamos y aquello que desarrollamos dentro de nosotros puede acompañarnos toda la vida.

Por eso, tal vez el verdadero desafío de esta generación no sea dejar de pertenecer.

Es aprender a pertenecer sin dejar de pensar.

Y quizá esa sea también una de nuestras responsabilidades como adultos: no apagarles el teléfono, no ridiculizar sus modas y no repetirles que “en nuestros tiempos todo era mejor”.

Tenemos que enseñarles algo mucho más importante:

que no necesitan hacer todo lo que hace la mayoría para tener valor.

Porque ser diferente no significa estar equivocado.

Y ser popular tampoco significa tener razón.

Al final, quizá la pregunta no sea:

¿Cuánto aura tengo?

Sino:

¿Cuánto de mí existe cuando nadie está mirando?

— Rodrigo Valerio
Cosco FM | La radio online de las montañas veracruzanas

Referencias para esta reflexión: Byung-Chul Han, Neil Postman, Nicholas Carr y Zygmunt Bauman, cuyas obras abordan distintos aspectos de la sociedad contemporánea, la exposición, el entretenimiento, la atención, la tecnología y la transformación de los vínculos sociales.

Portada actual
COSCO FM EN VIVOCOSCO FMLa Radio On Line de las Montañas VeracruzanasPrograma: Fonoteca
error: ¡Contenido Protegido!