Los Tratados de Córdoba: cuando México se cansó de la guerra
El día que México comenzó a nacer no hubo un grito. Hubo una negociación. Por Rodrigo Valerio.
Nos enseñaron que la Independencia de México comenzó con un grito heroico y terminó con una entrada triunfal. Entre Hidalgo y el Ejército Trigarante caben once años de historia que solemos resumir demasiado rápido.
Pero quizá habría que preguntarnos algo incómodo: ¿qué pasó con México durante esos once años?
Porque la insurgencia no fue una marcha triunfal hacia la libertad. Fue una guerra. Y una guerra que desangró al territorio, destruyó economías, fracturó comunidades y enfrentó a mexicanos contra mexicanos.
Miguel Hidalgo encendió la chispa en 1810, pero la guerra que siguió no produjo inmediatamente una nación independiente. Produjo muerte, incertidumbre y una sociedad agotada.
Hidalgo fue fusilado en 1811. Morelos corrió con una suerte semejante en 1815. Y después de ellos, la gran insurgencia comenzó a desmoronarse.
Para 1821, muchos de los hombres que habían tomado las armas ya no estaban combatiendo.
Nicolás Bravo e Ignacio López Rayón habían sido indultados. Otros insurgentes habían depuesto las armas.
Guadalupe Victoria, uno de los grandes nombres de nuestra Independencia, había optado por refugiarse en las montañas veracruzanas y sobrevivir prácticamente en la clandestinidad.
La insurgencia ya no era aquel gigantesco movimiento que alguna vez había amenazado con derribar al régimen virreinal.
En realidad, para entonces quedaban focos de resistencia muy concretos.
En el sur, Vicente Guerrero y Pedro Ascencio seguían peleando como podían.
Y entonces sucedió algo que suele perderse en la narrativa patriótica:
Mientras tanto, el poder virreinal también comenzaba a mostrar signos de agotamiento. El ejército realista seguía siendo una fuerza formidable, pero mantener durante años una guerra interna tenía un costo enorme.
México estaba cansado.

Cansado de la guerra.
Cansado de las ejecuciones.
Cansado de las persecuciones.
Cansado de que una generación entera hubiera crecido entre insurgentes y realistas.
Alguien tenía que encontrar una salida.
Y ese alguien fue, paradójicamente, Agustín de Iturbide.
Aquí comienza la parte incómoda de la historia.
Iturbide no era el insurgente romántico que había acompañado a Hidalgo desde Dolores. Había combatido precisamente a aquellos hombres.
Era un militar realista.
Pero entendió antes que muchos que la solución ya no podía ser simplemente militar.
Había que conciliar.
En 1821, Iturbide lanzó el Plan de Iguala y puso sobre la mesa una propuesta que tenía algo que parecía imposible: juntar a enemigos que durante años habían intentado destruirse.
Religión, independencia y unión.
Las famosas Tres Garantías.
Pero detrás de esas palabras había una idea mucho más profunda: terminar la guerra sin destruir completamente al país que pretendían liberar.
Iturbide no propuso borrar de un plumazo todo lo que había existido durante tres siglos.
Propuso transformar el orden existente.
Y eso explica buena parte de su éxito.
Insurgentes, realistas, militares, clérigos y sectores de las élites comenzaron a encontrar un punto de coincidencia.
Hasta Vicente Guerrero terminó sumándose.
La independencia dejó de ser solamente una causa insurgente.
Se convirtió en una causa mucho más amplia.
Y entonces apareció Juan O’Donojú.
El último gran representante de la Corona española en la Nueva España llegó a un territorio que ya no podía ser gobernado de la misma manera.
La realidad estaba ahí.
El movimiento de Iturbide avanzaba.
Las fuerzas realistas estaban perdiendo terreno.
Y continuar la guerra significaba prolongar una carnicería que llevaba once años.
Por eso Córdoba fue tan importante.
El 24 de agosto de 1821, Iturbide y O’Donojú se sentaron a negociar.
Dos hombres que representaban mundos enfrentados intentaron encontrar una salida.
No estaban decidiendo quién había ganado una batalla.
Estaban intentando decidir cómo terminar una guerra.
Y ahí aparece una de las frases más reveladoras de los Tratados de Córdoba: había que conseguir la independencia “desatando sin romper los vínculos que unieron a los dos continentes”.
Eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.
Desatar el nudo sin romperlo.
Separarse de España sin provocar una destrucción mayor.
Convertir una guerra en un Estado.
Convertir una rebelión en una nación.
El primer artículo de los Tratados lo expresaba con contundencia: aquella América sería reconocida como nación soberana e independiente y se llamaría en adelante Imperio Mexicano.
Y aquí viene otra bofetada a la historia que solemos aprender:
México no nació republicano.
El proyecto que se discutía en Córdoba era una monarquía constitucional.
México pudo haber sido un imperio.
Y no hablamos de una ocurrencia posterior. Era parte del proyecto político con el que se estaba intentando construir el nuevo país.
Incluso se contemplaba que Fernando VII pudiera ocupar el trono.
Pero España no aceptó.
El proyecto quedó sin monarca.
Y en medio de aquella incertidumbre, el hombre que había conseguido la consumación terminó convirtiéndose en emperador.
Agustín I.
El antiguo realista.
El enemigo de los insurgentes.
El consumador de la Independencia.
El emperador de México.
Y también, finalmente, uno de los grandes perdedores de la historia que ayudó a construir.
Quizá por eso Iturbide resulta tan incómodo.
Porque es mucho más sencillo construir una historia nacional con héroes perfectamente definidos: Hidalgo inicia, Morelos continúa, Guerrero resiste e Iturbide entra a la capital.
Pero la realidad fue mucho más compleja.
Hidalgo inició una guerra. Iturbide encontró la manera de terminarla.
Y decir esto no significa negar el papel de Hidalgo ni de los insurgentes.
Significa reconocer algo que la historia oficial suele esconder detrás de los discursos patrióticos: una guerra no se mide solamente por las causas que la originan, sino también por lo que deja después de once años.
México llegó a 1821 exhausto.
Muchos insurgentes habían abandonado las armas.
Otros habían sido indultados.
Algunos sobrevivían escondidos.
Guerrero y Ascencio resistían en el sur.
Y el propio gobierno virreinal sabía que continuar indefinidamente aquella guerra tenía un precio cada vez más alto.
Alguien tenía que sentar a los enemigos frente a frente.
Alguien tenía que conciliar.
Alguien tenía que convertir la guerra en política.
Ese fue Iturbide.
Y por eso Córdoba merece ser mucho más que una fecha perdida en el calendario.
Porque el 24 de agosto de 1821, en esta ciudad de Veracruz, no se libró una batalla.
Se hizo algo mucho más difícil.
Se intentó poner fin a una guerra que había comenzado once años antes.
Los Tratados de Córdoba no fueron reconocidos posteriormente por la Corona española como el instrumento definitivo de la independencia. Pero políticamente fueron fundamentales para encaminar la consumación y definir el proyecto del nuevo país.
Por eso quizá deberíamos dejar de contar la Independencia únicamente como una epopeya de héroes.
También fue una historia de agotamiento.
De errores.
De muertos.
De hombres que dejaron las armas.
De otros que se escondieron en las montañas.
De quienes resistieron hasta el final.
Y de quienes finalmente comprendieron que México no necesitaba seguir matándose para convertirse en México.
La Independencia comenzó con una revuelta.
Pero la nación comenzó a construirse cuando alguien entendió que había que terminarla.
Y ese momento ocurrió aquí.
En Córdoba.
El 24 de agosto de 1821.
El día en que México empezó a dejar de ser un campo de batalla para intentar convertirse en un país.

