Este viernes se cumplieron 106 años del terremoto ocurrido el 3 de enero de 1920, conocido como el sismo de Quimixtlán, uno de los más devastadores del centro del país y que dejó una profunda huella en municipios de Veracruz y Puebla, entre ellos Coscomatepec.
De acuerdo con registros históricos del entonces Servicio Geológico Mexicano, el movimiento telúrico ocurrió alrededor de las 22:25 horas y tuvo una magnitud aproximada de 6.4, con epicentro en la comunidad de Quimixtlán, Puebla. El temblor se percibió con fuerza en Veracruz, Puebla y hasta en la Ciudad de México.
Entre las zonas más afectadas se encontraron Coscomatepec, Xalapa, Córdoba, Orizaba y Huatusco. En localidades como Rincón Petlacuacán y Acuatlatipa, los deslizamientos de tierra y lodo provocaron la desaparición total de comunidades completas. En Barranca Grande, situada a un costado del río Los Pescados, sobrevivieron apenas 80 personas de una población cercana a las 400.

En Coscomatepec, el sismo derrumbó las torres de la parroquia de San Juan Bautista y varias viviendas de mampostería, aunque no existen registros oficiales de víctimas fatales en el municipio.
Los estudios de la época señalaron que el sismo estuvo relacionado con fallas superficiales dentro de la Faja Volcánica Transmexicana, una región que ya había presentado eventos destructivos años antes, como el terremoto de Acambay en 1912.
Desde entonces, especialistas advertían sobre el riesgo de construir en zonas sísmicas sin considerar factores como cerros, ríos y tipo de suelo, subrayando que la ubicación y características del terreno son determinantes en la magnitud de los daños.
Hoy, a más de un siglo de distancia, el recuerdo de este desastre deja una pregunta incómoda flotando en el aire. ¿Estamos realmente preparados para enfrentar un sismo de esta magnitud? La memoria histórica no sirve de adorno, sirve para no repetir errores que ya costaron cientos de vidas.

